|
Getting your Trinity Audio player ready…
|
Foto de portada por Roberto Ornelas
Lo que podría parecer únicamente un ejercicio de creatividad artística es, en realidad, el resultado de un profundo proceso pedagógico: la integración colectiva del conocimiento público, la ciencia social y la sensibilidad artística.
Las etapas para la creación del mural “Problemática del agua”, ubicado a un costado de la papelería entre los edificios A y B, comenzaron en el Taller de mural colectivo: agua, territorio y espacio público, de la carrera en Arte y Creación.
La primera parte del proceso integró un conversatorio con académicos del Seminario de Estudios del Agua en el que las y los estudiantes fueron confrontados con una realidad compleja: la crisis hídrica en el mundo no es únicamente ambiental, sino también política.
Elisa Rizo Valle, estudiante de la licenciatura, compartió que, con escucha activa y una lluvia de ideas se incorporaron los conocimientos adquiridos en el conversatorio como las experiencias personales en torno al agua. De esta manera y organizados en cuatro equipos de trabajo, comenzaron a jerarquizar conceptos y a explorar distintas dimensiones alrededor del tema.
Visualmente, el mural se articuló en torno a una idea central: el origen de la vida. La respuesta a esta pregunta implicó decisiones éticas, estéticas y políticas. Sin embargo, esta dimensión simbólica no dejó de lado la urgencia contemporánea: la crisis del agua en contextos urbanos como el Área Metropolitana de Guadalajara.
De ahí nació una de las frases clave del proyecto: El agua no debería ser una mercancía, sino un bien común.

Este posicionamiento dialoga directamente con las problemáticas actuales. A cinco años del llamado “día cero” del agua en Guadalajara, expertos señalan que la crisis no responde únicamente al consumo individual, sino a una gestión desigual del recurso, donde las industrias tienen prioridad sobre las comunidades.
Ale Poiré, artista muralista y fundadora de la Sociedad de Pintoras, colectiva de mujeres muralistas en Guadalajara, guió el proceso de creación, diseño colaborativo, trazo y pintura de una obra a escala real.
En entrevista comentó que uno de los aprendizajes clave con los estudiantes fue desplazar la culpa individual para entender la dimensión estructural del problema: «Nuestros consumos personales no son el verdadero problema; hay decisiones políticas y económicas detrás de la crisis”, apuntó.
¿Cómo se construye una imagen colectivamente?
El mural no fue idea de una sola persona, sino el resultado de un proceso grupal que implicó diálogo, negociación y síntesis.
Cada equipo de estudiantes desarrolló propuestas iniciales a partir de elementos como trazos, paletas de color y estilos gráficos. Posteriormente, estas ideas se pusieron en común, identificando coincidencias y tensiones. Como mencionaron la profesora y la alumna: “el proceso no fue sencillo, pues trabajar en colectivo implica ceder, escuchar y reconstruir”.

Finalmente, Elisa Rizo fue la responsable de integrar las distintas ideas en un solo diseño, logrando que todas se sintieran representadas. Su misión fue incorporar elementos visuales de cada una de las propuestas, así como las ideas que surgieron a través de las conversaciones.
El mural presenta una narrativa visual en la que todos los elementos se articulan entre sí para contar una misma historia. El sol funciona como punto de fuga y eje de la composición, aludiendo a la energía que activa el ciclo del agua, el cual se representa mediante la evaporación, la condensación, la precipitación y su retorno a la tierra.
Este recorrido se sitúa en el territorio, a través de una cuenca y una colina que evocan el flujo natural del agua en los ecosistemas, mientras que la presencia de Tláloc introduce una dimensión cultural que recuerda su importancia más allá de lo material.
A esto se suma la jarra, como referencia a lo artesanal frente a lo industrializado, reforzando la idea de recuperar formas más sostenibles de relación con el agua. En conjunto, el mural no solo ilustra procesos naturales, sino que propone una reflexión sobre el agua como un bien común y no como mercancía.
El mural, de 2.80 metros de alto por 10 metros de largo, se despliega como una pieza de gran formato que permite apreciar la composición en su totalidad. Para su realización, el equipo combinó el uso de vinil en las primeras etapas del diseño con pintura para la ejecución final, además de una capa de sellado que busca proteger la obra frente a las condiciones del entorno. Estos materiales hacen posible que el proyecto trascienda el aula y se consolide como una intervención duradera en el espacio público universitario.

Arte como divulgación
Más allá de transmitir información, el mural busca generar una experiencia, apelar a los sentidos, a la emoción y a la memoria. En palabras de la profesora: “Quizá alguien no se detiene a verlo, pero esa frase —que el agua no es una mercancía— se queda en su mente”.
No es casualidad que el mensaje esté dirigido a una comunidad diversa: desde las ingenierías, la comunicación, el diseño, la arquitectura o el derecho; al final, y así como tú y yo, ciudadanos.
La potencia del proyecto es demostrar que el arte no es solo expresión, sino también una forma de conocimiento, de posicionamiento y de intervención en lo público.




