Diseño de portada de Pamela Gutiérrez
“Aún falta gente por llegar, esperemos unos minutos”.
Nos acomodamos en círculo mientras veíamos los espacios vacíos. El encuentro fue en un jardín amplio detrás del edificio de rectoría. El pasto todavía estaba fresco y algunas personas quitaron los zapatos para sentarse con más comodidad. Los cojines formaban un círculo grande. Desde nuestros lugares podíamos vernos todos. Las miradas se encontraban con facilidad, a veces por unos segundos, a veces solo lo suficiente para reconocernos que estábamos ahí.
Alrededor, el sonido lejano de personas caminando por el campus, las nubes cubriendo el sol y el viento moviendo un poco las hojas de los árboles. Después de esperar un rato, empezamos. No llegó toda la gente que se había inscrito. Tal vez porque hablar no es fácil.
Hablar implica aceptar nombrar lo que sentimos. Y a veces también implica vulnerarse frente a otras personas. Aun así, quienes estábamos ahí nos sentamos con la disposición de escuchar y compartir.
Alguien dijo algo que marcó el inicio del espacio: “Qué bueno que estamos hoy aquí”. No parecía una frase extraordinaria, pero en ese momento lo era. Porque llegar ya implicaba algo: detenerse un momento en medio de todo para escuchar y para decir.
Poco a poco empezaron a aparecer las emociones con las que llegábamos. Alguien habló de rabia. Otra persona mencionó la impotencia. También apareció el enojo.
Y entonces pasó algo curioso: muchas de nuestras emociones coincidían. No eran experiencias aisladas. Eran sentimientos compartidos.
La amígdala: la alarma del cerebro
En el interior de nuestro cerebro, profundamente alojada en el lóbulo temporal, existe una pequeña estructura en forma de almendra. De ahí su nombre amígdala, del griego amydalé: almendra.
No es grande. Cabe en la punta del dedo pulgar. Pero su influencia es enorme.
La amígdala es una de las principales encargadas de detectar peligro. Cuando percibe una amenaza —real o anticipada— envía señales que activan el sistema nervioso: aumenta el ritmo cardíaco, se libera cortisol y la atención se enfoca.
Sucede lo que le llamamos estar en modo de supervivencia. Este sistema es indispensable para cruzar una calle con tráfico o reaccionar ante un riesgo inmediato. El problema aparece cuando el contexto social mantiene esa alarma encendida de manera crónica. El miedo sostenido no solo se siente, también se encarna. Se convierte en insomnio, tensión muscular, irritabilidad, dificultad para concentrarse.
El silencio no apaga la alarma, solo la deja sonando sin explicación.
Lo que ocurre cuando ponemos el miedo en palabras
Aquí es donde la ciencia se vuelve profundamente humana.
Un estudio del investigador y psicólogo Matthew D. Lieberman encontró que cuando una persona nombra lo que siente:“estoy asustada”, “estoy enojada”, “me siento vulnerable”; ocurre algo medible: disminuye la activación de la amígdala y aumenta la actividad en la corteza prefrontal.
La corteza prefrontal, ubicada detrás de la frente, es la región que nos permite reflexionar, contextualizar y tomar perspectiva. Si la amígdala es la alarma, la corteza prefrontal es quien evalúa si realmente hay un incendio.
Cuando hablamos de lo que sentimos, no desaparece la emoción. Pero el cerebro pasa del impulso a la elaboración.
Nombrar es organizar.
Organizar es regular.
Compartir una experiencia traumática también reorganiza el cerebro
Lo que hicimos en el círculo de escucha no solo fue catarsis.
Las investigaciones del psicólogo social James W. Pennebaker han demostrado que poner en palabras experiencias emocionalmente significativas puede mejorar indicadores de salud física y psicológica. No porque borre el dolor, sino porque ayuda a integrarlo narrativamente.
Cuando escribimos o hablamos sobre lo vivido, activamos redes que conectan con la emoción, la memoria y el lenguaje. Esa integración reduce el caos interno que deja el estrés o la violencia.
Además, compartir lo que sentimos en presencia de otras personas activa circuitos asociados al apego y la seguridad. La conexión social modula la respuesta al estrés y puede disminuir los niveles de cortisol.
Por eso algo cambia cuando alguien dice “tengo miedo” y otra responde “yo también”. No desaparece el contexto, pero el cuerpo ya no lo enfrenta solo.
La palabra como forma de cuidado colectivo
Hablar no es exageración, debilidad ni drama. Es una forma de recuperar el pensamiento, la memoria y la salud. En un país como México, donde muchas veces se nos ha enseñado a mantener silencio, hablar es una forma de resistencia política.
Participar en un círculo de escucha puede parecer algo pequeño, pero el cerebro no lo vive como algo sin importancia; lo vive como regulación. Como integración. Como vínculo.
Al concluir el círculo, muchos coincidimos en que nos íbamos más tranquilos. Más presentes. Con una sensación de haber soltado un poco.
El miedo seguía presente y la rabia también. Pero algo se había movido. Hubo escucha, hubo acompañamiento.
Recordamos que incluso cuando nos vulneramos y sentimos que nos rompemos un poco, la presencia de otras personas —una escucha, un abrazo— también puede ayudarnos a recomponernos.
Sobre la actividad
El «Círculo de escucha: NOS MUEVE NOMBRARLO» se realizó el pasado 4 de marzo de 2026, en respuesta a los recientes hechos de violencia en el país, como un espacio de acompañamiento emocional.
Fue organizado por Entre Saberes, la Maestría en Desarrollo Humano y Acompañamiento Psicológico ITESO.
Para saber más
Godman, H. (2022, April). Get back your social life to boost thinking, memory, and health – Harvard Health. Harvard Health. https://www.health.harvard.edu/mind-and-mood/get-back-your-social-life-to-boost-thinking-memory-and-health#:~:text=Stress%20reduction.,see%20if%20someone%20might%20reply.%22
Heinrichs, M., Baumgartner, T., Kirschbaum, C., & Ehlert, U. (2003). Social support and oxytocin interact to suppress cortisol and subjective responses to psychosocial stress. Biological Psychiatry, 54(12), 1389–1398. https://doi.org/10.1016/S0006-3223(03)00465-7
Lieberman, M. D., Eisenberger, N. I., Crockett, M. J., Tom, S. M., Pfeifer, J. H., & Way, B. M. (2007). Putting feelings into words: Affect labeling disrupts amygdala activity in response to affective stimuli. Psychological Science, 18(5), 421–428. https://doi.org/10.1111/j.1467-9280.2007.01916.x
Pennebaker, J. W., & Beall, S. K. (1986). Confronting a traumatic event: Toward an understanding of inhibition and disease. Journal of Abnormal Psychology, 95(3), 274–281. https://doi.org/10.1037/0021-843X.95.3.274




