Diseño de portada de Noelia Chávez.
Texto de Carmen Díaz Alba
Investigadora del Departamento de Formación Humana
¿Por qué hablar de más mujeres en la ciencia? Cuando digo “en la ciencia”, no me refiero solo a los laboratorios, sino a ese oficio más amplio que es investigar: hacer preguntas, escuchar, dudar, escribir y compartir. Investigar es, para mí, una forma de estar en el mundo. Y también, inevitablemente, una forma de habitarlo como mujer.
No siempre supe que quería dedicarme a la investigación, pero tuve referentes importantes que me animaron en esa dirección. Durante la licenciatura estuve de intercambio en la IBERO de la Ciudad de México. Allá viví en casa de mis tíos: él, investigador en El Colegio de México; y ella, de la UNAM. En su casa hablábamos de política, de historia, de libros y de debates académicos; cenábamos con colegas suyos que venían de visita desde distintas universidades del mundo. Entonces empecé a imaginar qué significaría incursionar en ese trabajo.
Para graduarme de la licenciatura, hice una tesis sobre movimientos altermundistas, acompañada por mi querido David Velasco, un jesuita que trabajó extensamente sobre el movimiento zapatista. Ese proceso me permitió descubrir el placer de investigar. No solo leer, también construir una pregunta propia y tratar de aportar algo. Entendí que la investigación no es un acto solitario, sino un diálogo.
Recién graduada, en 2002, tuve la oportunidad de ser asistente de investigación en el Doctorado en Estudios Científico Sociales del ITESO, con Juan Manuel Ramírez Saíz, un reconocido investigador en movimientos sociales. Ni él ni David me pidieron nunca que me refiriera a ellos como “doctores”. Su trato fue siempre muy horizontal. En esa época, en el doctorado (con algunas excepciones), quienes investigaban eran hombres. Las asistentes de investigación éramos mujeres jóvenes; muchas de nosotras ahora nos dedicamos a este oficio.
Tuvimos suerte, porque a pesar de las jerarquías propias de la academia, ahí nos hacían sentir parte de la conversación. Recuerdo que en alguna ocasión un investigador —que no permaneció mucho tiempo en el ITESO— sugirió que las asistentes no participáramos en los seminarios, argumentando que esos espacios estaban reservados para los investigadores. Pero otros investigadores nos respaldaron y defendieron nuestra presencia ahí. Ese gesto fue profundamente significativo: fue una forma de hacernos sentir que también éramos parte de ese espacio, que se convirtió en un verdadero semillero de formación y crecimiento académico.
Aprender junto a quien investiga fue una experiencia formadora en muchos sentidos: hacer fichas bibliográficas, entrevistar y revisar manuscritos que después se convertirían en el libro Ciudadanía mundial, me permitió entender el trabajo que hay detrás de un texto académico: las preguntas, el contacto y el diálogo con personas clave, y el tejido entre la teoría y la evidencia empírica. La investigación dejó de ser algo abstracto y adquirió una dimensión concreta y encarnada.
En 2005 me fui a estudiar una maestría en ciencias políticas a la Universidad de Montreal. Ahí también encontré espacios como el Centro de investigación sobre políticas y desarrollo social, donde podía poner en diálogo mi investigación con estudiantes y profesores/as. En ese entorno publiqué mi primer artículo académico y mi primer capítulo de libro sobre solidaridad feminista transnacional, con el acompañamiento de mi codirectora de tesis, Pascale Dufour. Ambos textos surgieron de una combinación de conversaciones, lecturas y presentaciones en congresos académicos. En ese periodo confirmé algo que sigo creyendo profundamente: la investigación es una práctica colectiva. Recuerdo la emoción, pero también la duda: ¿será suficientemente bueno lo que estoy diciendo? El “síndrome de la impostora”, que todavía hoy hace estragos entre muchas de nosotras.
Con los años me formé en metodologías feministas de investigación. Estas parten de una premisa: el conocimiento no es neutral, está situado; se construye desde experiencias, cuerpos e historias concretas. Y por eso, investigar también implica preguntarnos quién investiga, desde dónde lo hace y cuál es su apuesta.
En 2019 entré al Departamento de Formación Humana del ITESO, desde donde he tratado de construir espacios en los que la investigación no sea vista como algo lejano o inaccesible, sino como una práctica que se aprende haciendo, en conversación y a través de ensayos.
Actualmente todavía persiste una importante brecha de género en la investigación. En 2022 ingresé al Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras y, aunque se reconoce que la presencia de mujeres ha aumentado en los últimos años (especialmente en las ciencias sociales y las humanidades), esta no se distribuye de manera equitativa. Las mujeres tienen más espacio en los niveles iniciales, pero la brecha se va ensanchando en los niveles más altos, especialmente en áreas como la ingeniería, la física y las matemáticas. No es solo cuestión de números, esta diferencia refleja también desigualdades en las condiciones para investigar, en el acceso a redes académicas y en la distribución de los cuidados. Generar espacios de acompañamiento, colaboración y formación colectiva constituye una forma concreta de transformar las condiciones en las que las mujeres hacemos investigación.

Con mi colega Susana Larios compartimos intereses y preguntas, hemos escrito artículos y capítulos de libro en conversación intelectual. Sobre todo, hemos construido una forma de trabajo basada en la confianza, el diálogo y el acompañamiento mutuo. A este espacio se han ido integrando diversas estudiantes como becarias de investigación. Fue justo a raíz de una conversación con ellas que, hace unos años, creamos la escuelita de investigación feminista: un espacio para encontrarnos, dialogar sobre textos académicos y aprender a hacer trabajo de campo, pero también para hablar de nuestras preguntas, miedos e intuiciones. A partir de reflexiones autoetnográficas sobre nuestras experiencias de formación en la investigación, compartimos nuestros hallazgos con otras mujeres que resuenan en esa misma sintonía.
Para mí, el acompañamiento ha sido clave en cada etapa de mi trayectoria. Hubo personas que me abrieron puertas, que me invitaron a participar en conversaciones, que confiaron en mí cuando yo todavía no lo hacía plenamente. Y es algo que ahora trato de replicar en mi propio trabajo. En el marco del Día Internacional de las Mujeres y las Niñas en la Ciencia y del 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, pienso que esta es una tarea importante: construir espacios donde más mujeres puedan imaginarse como investigadoras, donde sus preguntas sean tomadas en serio y sus voces sean escuchadas. Necesitamos más mujeres en la investigación no solo porque es justo, sino también porque la diversidad de experiencias, miradas y preguntas nos enriquece. La investigación gana profundidad cuando se vuelve más plural.
Y también necesitamos que la investigación sea un espacio donde podamos disfrutar, sentir curiosidad, entusiasmo y complicidad; un lugar para construir conocimiento en colectivo. No se trata solo de producir artículos o libros, se trata también de construir conversaciones y abrir espacios para que otras también puedan habitar este oficio. Para que la investigación no sea un privilegio lejano y se convierta en una posibilidad concreta, donde cada vez más mujeres aportemos nuestro conocimiento al mundo.




