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Por Juan Gabriel Morales Padilla
Profesor y colaborador de Servicios Generales
Mirar cómo Dios habita en las criaturas
— San Ignacio de Loyola
En silencio, con la mano en la mejilla a modo de “ser pensante”, a la espera de ordenar mis pensamientos para encontrar las palabras que den forma a un texto que, frente a las vicisitudes de nuestro tiempo, nos invite a mirar la vida con esperanza y sentido de comunidad. Me pregunto: ¿dónde puedo encontrar una línea narrativa capaz de convocarnos, desde la cotidianidad de quienes somos copartícipes de un espacio llamado ITESO, a fortalecer el asombro y la curiosidad como revelación de nuestra condición en el mundo, como seres vulnerables?
Mientras estas y otras ideas deambulan por mi mente, un sonido melodioso, apasionado e intenso llega a mis oídos, es el llamado de un ave, el gorrión mexicano (Haemorhous mexicanus). En tanto esto sucede descubro que lo que intento escribir ya ocurre, de un modo vivencial: observando, tocando, percibiendo aromas, degustando frutos; es decir, dejar que nuestro cuerpo entre en diálogo y unidad con el entorno. Si comenzamos a mirar desde el interior, desde el descubrimiento de las concatenaciones de la naturaleza, seguramente habrá una revelación: “cohabitamos”, no somos seres aislados. La comunidad es el sentido de la vida y, si mantenemos una mirada esperanzadora, seguramente podemos construir referentes y modos de coexistencia.
Para cuando estas líneas sean leídas, habrá empezado la primavera y estaremos próximos a conmemorar el Día de la Tierra (22 de abril). En este contexto, quiero compartir algunos datos, momentos, eventos y pequeños detalles que acontecen en nuestra comunidad universitaria (abrigada en una atmósfera envolvente de vida) como una cordial invitación a estar atentos, a “darnos cuenta” y a activarnos en un “modo de contemplación”.

Un poco de contexto: la diversidad de seres vivos no humanos que hoy coexiste en nuestro campus no es reciente. 60 años atrás, este espacio probablemente estaba destinado a la agricultura y la ganadería; tal vez habría unos pocos árboles de guamúchil (Pithecellobium dulce), mezquite (Prosopis laevigata) y camichín (Ficus pertusa), así como algunas aves propias de esos entornos, como tordos (Molothrus sp), palomas (Columbina sp), mosqueros (Tyrannidae) y rapaces (Accipitridae). En ese entonces, un buen observador habría logrado reconocer entre 70 y 80 formas distintas de vida.
Si hoy hacemos de nuestra práctica cotidiana caminar por el campus, pausados, levantando la cabeza, interiorizando con mirada de águila, percibiendo aromas como si tuviéramos nariz de oso, tocando con cautela como la pisada de un puma, seguramente descubriríamos a simple vista, cerca de 800 formas de vida. Ese dato no es nada menor, sin lugar a duda nos asombraría saber que, en este pedacito de espacio (mínimo en comparación al territorio nacional) podremos observar cerca del 10 % de las aves de nuestro país.
En ese transitar por andadores, edificios, estacionamientos y otros rinconcitos del taller o la oficina, siempre están presentes las plantas que nos detienen, nos pausan, nos obligan a redirigir nuestra mirada. Si a todo lo anterior le añadimos la temporalidad, sabremos apreciar la ternura de la luz matinal, el brillo sutil que acaricia las hojas de los árboles proyectando haces luminosos, casi como en un bosque de niebla; conforme avanza el día, la luz revela una paleta infinita de colores, y al atardecer los tonos cálidos transmiten serenidad y paz.

En este sentido, les comparto una invitación, desde el corazón, a realizar una pequeña pausa y salir de la oficina o el salón de clase para observar el campus en una tarde que la lluvia ha cesado y el sol está por ocultarse; la descripción de la experiencia queda en ustedes y no en mis palabras. Esta revelación de formas y modos de vida de nuestro entorno universitario no solo es un distintivo ambiental, es una invitación que se manifiesta a modo de revelación, a interiorizar la pluralidad y complejidad social, a ser conscientes de nuestro lugar en la naturaleza y, desde ahí, entender nuestra fragilidad y necesidad de cuidar y ser cuidados.
Para finalizar, no olvidemos que somos parte de esa mayoría planetaria confinada a vivir en ciudades. Esta condición nos aleja de lo rural, del campo y del bosque; ese distanciamiento respecto de experiencias “silvestres” provoca en nuestro entendimiento una mirada miope frente a lo no humano. Y desde esa mirada parcial y necesidad humana del cuidado, nos preocupa un bosque que se incendia y suponemos que el temporal de lluvias bastará para restaurarlo; nos sensibiliza el maltrato y el dolor de los animales no humanos, por tal motivo procuramos que a nuestras mascotas no les falten caricias ni alimento. La experiencia del “darnos cuenta” nos exige ampliar nuestro entendimiento, a experimentar una vivencia más plena de nuestra existencia y de nuestro lugar en la naturaleza. Estamos obligados a conocer, cuidar y defender los espacios que hacen posible la vida en comunidad: desde lo más inmediato como huertos y jardines, hasta parques y bosques.

A modo de invitación, hagamos de nuestras conversaciones de lunes por la mañana un espacio para compartir la aventura y el asombro descubiertos en un viaje al lago, a la montaña, a la barranca o al parque; o bien, en el trabajo de jardinería en casa, como expresión de un modo de vida sensible y empático con los Otros y con cuanto nos rodea.
Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra,
la cual nos sustenta y gobierna,
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba.
— San Francisco de Asís




