Narrar la crisis del Río Santiago desde la esperanza

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Estudiantes del ITESO transforman la narrativa del daño ambiental en una apuesta creativa de acción colectiva.

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Fotografías de Roberto Ornelas.

En medio de discursos alarmistas o desde la indiferencia frente a la crisis ambiental, un grupo de estudiantes del ITESO decidió cambiar la forma en que se cuenta la historia del Río Santiago. Desde distintas disciplinas, crearon Resiste, un colectivo que apuesta por una narrativa que no evade el daño, pero que tampoco renuncia a la esperanza.

El proyecto surgió en la materia Sociedad y Medio Ambiente, impartida por Yeriel Salcedo. Lo que comenzó como un trabajo universitario pronto tomó otra dimensión.

El colectivo está integrado por Cynthia Fabiola González Dueñas, Angie Dueñas Muñoz y Ximena Citlalli Salazar González, estudiantes de Diseño Urbano y Arquitectura del Paisaje; Isabel Flores Pacheco, de Ingeniería Ambiental; Bethzy Alexandra Dueñas Muñoz, de Diseño; y Daniela Fernández Zepeda, de Publicidad y Comunicación Estratégica.

En entrevista para Entre Saberes, las seis alumnas compartieron sus intereses en común sobre justicia ambiental, resistencia y cambio climático; así como la claridad de que eso que las movía a todas “no debería de quedarse en un salón de clases”.

Entre amistades construidas desde distintas carreras y disciplinas, las estudiantes comenzaron a preguntarse cómo comunicar la crisis ambiental de otra manera. Para ellas, el problema no era exclusivamente la contaminación del Río Santiago, sino también la forma en la que se habla de ello.

Durante años, iniciativas como el Tour del Terror y la Esperanza, organizado por la organización Un salto de Vida, han documentado la espuma tóxica ocasionada por descargas industriales que han provocado enfermedades en las comunidades cercanas como El Salto y Juanacatlán.

Sin embargo, este grupo de alumnas se cuestionó qué ocurre cuando el horror se vuelve algo cotidiano y surge la indiferencia: “Muchas personas sienten que eso está lejos o que nunca les va a tocar. Pero realmente no es así. Nadie tiene asegurado que esto no nos va a alcanzar”, afirma Ximena.

Para ellas, hablar de justicia socioambiental implica reconocer que los problemas ambientales también atraviesan la salud, el territorio y las condiciones de vida de las personas. “En el Salto y Juanacatlán llevan más de veinte años luchando para que se regule a la industria. Hay niños que mueren por insuficiencia renal y muchas veces se invisibiliza la problemática”, señala Isabel.

Frente a ello, decidieron construir una narrativa distinta, una que no niega la devastación, pero que apuesta por la esperanza como una forma de movilización colectiva. “Incomodar es necesario, pero también necesitamos esperanza”, menciona Cynthia González.

Ponerle rostro a lo invisible

La creación de Ume nació casi por accidente. Mientras buscaban construir la identidad visual del colectivo, Angie comenzó a recuperar dibujos de monstruitos que hacía en sus cuadernos. “No sabía bien cómo podíamos hacer la identidad visual, entonces alguien dijo: ‘¿y si hacemos una mascota?’”, recuerda.

Así apareció Ume, como un personaje inspirado en la espuma tóxica del Río Santiago. Lo que comenzó como un boceto terminó convirtiéndose en el eje narrativo del colectivo. “Una vez que ya teníamos la idea de Ume, Bethzy se unió al colectivo y ella se encargó de mejorar el diseño, de establecer una historia de por qué nació este personaje, y entre todas contar su propósito y qué busca”, dijo Angie Dueñas.

Desde entonces, las estudiantes comenzaron a construir historias alrededor de Ume utilizando ilustración, diseño y narrativa para acercar una problemática compleja a más personas, y como mencionan en sus propias palabras: “Ponerle una cara a la problemática facilita que las personas se interesen y quieran hacer algo”.

“Ume representa la historia del río y cómo hemos ido aprendiendo del tema. Pero también representa la posibilidad de que el río pueda recuperarse”, relataron. Ese enfoque también nació de la experiencia que tuvieron al asistir al Tour del Horror y la Esperanza. Ahí, las integrantes de Un Salto de Vida les mostraron no solo las consecuencias de la contaminación, sino también espacios de restauración ambiental y de organización comunitaria.

El bosque del fin del mundo es un espacio cercano al Río Santiago donde colectivos y comunidades impulsan actividades de reforestación y recuperación ambiental. Actualmente, las estudiantes buscan colaborar en estas jornadas y sumar a más personas. “Antes simplemente era el Tour del Horror, pero agregaron este sentido de esperanza con una última parada en el vivero y en el Bosque del Fin del Mundo”, dijo Ximena Salazar.

A partir de esa visita se abrió una nueva perspectiva que les trajo la pregunta: “Si somos un montón de estudiantes, ¿por qué no empezar a jalar gente para ayudar?”.

Diseñar otras formas de intervenir

Además de construir la identidad visual de Resiste, las estudiantes han desarrollado exposiciones, procesos de difusión y colaboraciones con otros proyectos universitarios. Recientemente realizaron una exposición en la biblioteca del ITESO, donde otras y otros estudiantes conocieron y pudieron acercarse al colectivo.

Actualmente trabajan en un cuento infantil protagonizado por Ume e ilustrado por Bethzy Dueñas. A través de este proyecto buscan acercar la problemática ambiental a públicos más jóvenes desde la empatía y la imaginación. También mantienen vínculos con estudiantes de Educación y otros proyectos enfocados en el Río Santiago para impulsar actividades de difusión y reforestación.

Para las integrantes de Resiste, imaginar con esperanza no significa ignorar la devastación ambiental, sino insistir en que todavía existen formas de intervenir colectivamente.

Desde ilustraciones, cuentos, exposiciones y jornadas de reforestación, las estudiantes buscan construir otras maneras de relacionarse con el Río Santiago: no desde la indiferencia, sino desde la memoria y acción. “Apenas vamos empezando”, dicen sonrientes.

Proyectos como R de Resiste nos recuerda que cambiar el mundo también implica cambiar cómo contamos lo que nos atraviesa. En contextos donde la crisis ambiental se ha vuelto paisaje, nuestras formas de expresión son actos políticos. Estas estudiantes no están aprendiendo sobre el mundo, están aprendiendo formas de transformarlo y, en ese proceso, una espuma que alguna vez fue síntoma de contaminación hoy se convierte en posibilidad.