¿Cómo vive el cerebro el duelo?

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Recordar a quienes ya no están nos invita a preguntarnos qué ocurre en nosotros cuando enfrentamos la ausencia y cómo aprendemos a vivir con ella.

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El duelo no aparece únicamente cuando alguien muere. Se vive ante una separación, la pérdida de un empleo o cambios importantes en la vida. Sin embargo, esta nota se centra en lo que sucede cuando fallece una persona cercana y hay que aprender a vivir con la ausencia.

¿Qué sucede en nuestro cerebro durante el duelo? ¿Cómo cambia la experiencia de una pérdida con el paso del tiempo? Desde la neurociencia y la psicoterapia se busca responder las preguntas sin reducir este proceso a una idea de etapas rígidas ni a una forma que funcione para todos. Aborda el acompañamiento psicológico y los recursos que permiten reconstruir significados e integrar la pérdida en la historia de vida.

Lo que se vive en el cerebro y el cuerpo

¿Por qué después de perder a alguien puede costarnos tanto concentrarnos, dormir o incluso tener apetito? La neurocientífica y psicóloga clínica estadounidense Mary-Frances O´Connor ha dedicado parte de su trabajo a estudiar estas preguntas. En una revisión publicada en 2019, recuperó investigaciones desde 1940 al 2019 para comprender cómo el cerebro, la mente y el cuerpo responden ante la muerte de una persona cercana.

En una de las investigaciones recuperadas por O’Connor, se observaron las respuestas cerebrales de personas en duelo mientras miraban fotografías de sus seres queridos fallecidos y palabras relacionadas con su pérdida. Los resultados mostraron actividad en distintas regiones del cerebro, entre ellas la corteza cingulada posterior, ubicada hacia la parte interna y trasera del cerebro, y la corteza prefrontal medial, situada en la zona frontal. Ambas contribuyen a recordar experiencias personales y relacionarlas con la historia personal. Forman parte de la red neuronal por defecto, que interviene cuando nuestra atención se dirige hacia pensamientos y recuerdos internos. La participación de esta red es importante porque recordar a quien murió también implica rememorar lo vivido juntos y el significado de esa relación.

Pero recordar a alguien que murió no significa únicamente recuperar imágenes del pasado. Los recuerdos también están relacionados con las emociones y el significado que esa persona tuvo en nuestra vida. Las investigaciones recuperadas por O’Connor muestran que los recordatorios de una pérdida pueden involucrar distintos procesos cerebrales, como la memoria, la atención y el procesamiento emocional. Esto ayuda a comprender por qué una fotografía, una canción o un lugar pueden hacernos recordar momentos compartidos y despertar emociones asociadas con esa relación.

El duelo tampoco se limita a lo que pensamos o recordamos. Nuestro cuerpo puede presentar respuestas fisiológicas ante la pérdida. Algunas investigaciones han encontrado niveles más elevados de cortisol, una hormona que participa en nuestra respuesta al estrés, así como alteraciones en su regulación a lo largo del día. Estos cambios se relacionancon la intensidad de las reacciones ante la pérdida, especialmente en personas que experimentan un duelo más persistente. Sin embargo, no todos los cuerpos responden igual. Algunas personas presentan cambios que disminuyen con el tiempo, mientras que en otras pueden mantenerse durante periodos más prolongados.

Aunque estas investigaciones nos permiten conocer algunas respuestas del cerebro y del cuerpo ante una pérdida, por sí solas no explican cómo vive cada persona su duelo. Desde la práctica clínica, Hugo Balvaneda, profesor y doctorante en investigación psicológica, propone comprender esta experiencia a partir de la historia de vida de quien la atraviesa, el vínculo que mantenía con la persona fallecida y los cambios que su ausencia representa en su vida cotidiana.

Una experiencia que cambia con el tiempo

Al hablar del duelo suelen aparecer expresiones como «cerrar ciclos», «pasar de página» o «dejar ir». Hugo Balvaneda reconoce que pueden conectar con lo que las personas sienten que deberían hacer, pero propone otra palabra para orientar el acompañamiento: integrar.

«Más que hablar de cerrar ciclos, de dejar ir, hablamos de integrar», explica.

En su planteamiento, integrar significa encontrar un lugar para la pérdida dentro de la propia historia y reorganizar la vida conservando lo significativo del vínculo. Esto no implica olvidar a quien murió ni dejar de sentir tristeza, sino aprender a convivir con su recuerdo mientras se construyen nuevas experiencias.

Balvaneda describe la experiencia del duelo con la imagen de una montaña rusa: hay momentos de mayor tranquilidad y otros en los que un recuerdo puede intensificar el dolor. Como se menciona líneas arriba, recordar a alguien involucra procesos relacionados con nuestra memoria personal y las emociones asociadas a esa relación. Incluso después de un periodo de bienestar, ciertos recuerdos pueden hacernos sentir nuevamente la ausencia. Esto no significa necesariamente haber retrocedido en el duelo.

Por eso, en lugar de establecer cómo debería sentirse alguien a los cinco, diez o veinte años después, primero es atender la experiencia particular. La historia de vida, la cultura y la relación con quien murió forman parte de ese contexto.

Recordar también es amar

Cada persona vive el duelo de manera distinta. Cuando el sufrimiento es persistente e interfiere de forma importante con la vida cotidiana, buscar acompañamiento profesional puede ayudar. No hace falta esperar un tiempo determinado ni tener un diagnóstico para pedir apoyo.

Además del apoyo profesional, quienes están cerca pueden ofrecer escucha y compañía. Dos preguntas sencillas como ¿cómo estás? y ¿qué necesitas? permiten conocer lo que la persona necesita, sin asumir que sabemos cómo debería sentirse o qué tendría que hacer.

Si llegaste hasta aquí, te mandamos un abrazo. Un duelo no tiene por qué vivirse en soledad. Muchas veces aprendemos sobre él cuando perdemos a alguien; ojalá comprender nuestra vulnerabilidad también nos ayude a tratar con más cuidado a quienes siguen a nuestro lado.

La ciencia nos permite entender algo que vivimos; acompañarnos puede hacerlo más llevadero. No tenemos que sentirnos fuertes todo el tiempo: también podemos necesitar una mano, una pausa o alguien que escuche.

Y entre todo lo que cambia, quedan las historias, los gestos y las enseñanzas compartidas. Recordar puede ser una forma de seguir dando lugar al amor, incluso cuando alguien ya no está aquí.