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Diseño de portada por Pamela Gutiérrez.
Por Mariana Espeleta Olivera y Concepción Sánchez Domínguez-Guilarte
Académicas del Centro Universitario por la Dignidad y la Justicia “Francisco Suárez, SJ”
Una madre entró en la Fiscalía. Llevaba días sin saber nada de su hijo, así que acudió a presentar una denuncia. Estaba angustiada, asustada… del otro lado del escritorio, el funcionario del Ministerio Público le contestó:
—Señora, si usted no sabe dónde está su hijo, ¿cómo voy a saberlo yo? —
Así, de golpe, con una sola frase, el funcionario le hizo saber que, sin conocerla ni saber nada de su situación, asumía que ella había fracasado en la misión que la sociedad asigna como deber fundamental de una madre: cuidar.
Marcela Lagarde (2011) describe el mandato prioritario que recae sobre las mujeres en México por razón de género: ser madresposas. Una categoría que implica “ser para los demás”, es decir, priorizar el cuidado de otros —principalmente del esposo e hijos— por encima del propio. Para las mujeres solteras o sin hijos, ese deber del cuidado se traslada al ambito familiar o comunitario.
Cuando una mujer se enuncia como madre, coloca esa relación por encima de cualquier otra dimensión de su identidad. La maternidad se sitúa en el centro, en la identidad definitoria, en el sujeto mismo. Y después, todas las demás circunstancias solo matizan ese absoluto. Por ejemplo, se puede ser madre trabajadora o madre soltera (Vasallo, 2018).
También se puede ser madre buscadora. Madre.
La desaparición de una persona afecta a todo el núcleo familiar. Y aunque no son exclusivamente las madres quienes buscan, las mujeres constituyen la mayoría. Algunas delegan esa función en sus hijas o en sus hermanas; otras son las abuelas quienes asumen ese rol. En América Latina hay una amplia tradición de buscadoras que decidieron actuar públicamente (Dantonio, 2006). Ante la amenaza de Estados represivos, su identidad como madres las protegía y les ofrecía legitimidad para buscar a sus seres queridos como parte de su rol social.
En Argentina, las Madres de Plaza de Mayo, por ejemplo, comenzaron a manifestarse en 1977, a pesar de la dureza de la represión de la dictadura de Videla. Muchas veces lo hacían solas, viendo cómo la gente, asustada o indignada, se alejaba de ellas (Calveiro, 1995). Aun así, persistieron, cumpliendo un mandato de género que la propia dictadura reivindicaba (Franco, 2012). Fueron juzgadas como “malas madres” porque no alejaron a sus hijos de los supuestos peligros, y como «buenas madres» porque nunca renunciaron a encontrarlos. La realidad es que su rol materno impedía que la dictadura reconociera el carácter político de su lucha. Cada semana, al manifestarse, las madres mantenían viva la memoria de sus hijas e hijos, la protegían y la hacían crecer.
En México, desde el año 2006, las desapariciones han aumentado de forma exponencial, al igual que los colectivos de madres buscadoras que ahora enfrentan a un doble enemigo: el Estado y los grupos del crimen organizado. A veces, también, deben confrontar a las exparejas de sus hijas y a comunidades hostiles que las revictimizan.
Para estas mujeres, la desaparición era algo lejano, ajeno a su vida. El Estado había insistido en afirmar que las desapariciones solo les ocurrían a quienes lo “merecían”, por distintos motivos. Pero desde el momento en que comienza la búsqueda, las madres se dan cuenta de que han cambiado para los demás, que ahora son observadas con sospecha. Empieza entonces un proceso de revictimización y estigmatización hacia ellas, hacia sus familias y hacia sus seres queridos desaparecidos (Sánchez Domínguez-Guilarte, 2022).
Esta estigmatización recae particularmente en las madres, vistas socialmente como las últimas responsables del bienestar y la educación familiar. Las mujeres sienten una profunda culpabilidad y repasan, una y otra vez, las horas previas a la desaparición de sus hijos e hijas, buscando aquello que pudieron haber hecho diferente para impedirlo: no dejarles salir, haberles acompañado, haberles impedido relacionarse con cierta persona, haber presentido algo, haber atendido ese presentimiento, y un largo etcétera.
Las madres buscadoras en México no solo se manifiestan, también asumen las investigaciones que les corresponden al Estado, mientras intentan conjurar el estigma (y la culpa) de ser consideradas “malas madres” a través de una búsqueda que trastoca todas sus relaciones sociales y familiares. Así, en el cumplimiento de su rol como protectoras de sus hijos desaparecidos, frecuentemente terminan siendo señaladas por no seguir maternando al resto de su familia.
Una madre nos narra la dinámica que se establece en algunas familias:
“Es mi hijo, es mi carne, mi sangre, yo lo tengo que buscar. Y el papá dice: ‘Ya me enfadaste, todo el día estás llorando, estás triste, no me atiendes y entonces, mejor voy y me busco otra’ (…) Y los hijos también. Ves a las señoras que, aparte de haber perdido a su hijo, a su hija, pierden a los que están en la casa. Y las critican: ‘Es que tú ya no estás, mamá; es que desde que desapareció mi hermano tú ya no estás aquí’”.
Estas buscadoras, además, se vuelven figuras disruptivas tanto para las autoridades como para la gente cercana, ya que arriesgan sus vidas al confrontar a autoridades y a grupos criminales. Así, por un lado, se empatiza con su sufrimiento; pero, al mismo tiempo, se les percibe como una amenaza, como si fueran peligrosas. Una madre lo expresó de forma contundente: “Es como si de pronto apestaras”, dijo otra madre durante una entrevista realizada ese mismo año.
Así, las madres buscadoras son convertidas en sujetos que carecen de lugar, marginadas por la sociedad. El estigma que recayó sobre sus hijos e hijas al ser desaparecidos termina también por recaer sobre ellas.
A pesar de todo, son estas mujeres quienes mantienen la memoria de las personas desaparecidas y han obligado a México a mirar de frente la inmensa tragedia que vive el país. Sin ellas, los desaparecidos serían apenas cifras sin rostros; rostros que sus madres siguen amando.
Para saber más
Calveiro, P. (1995). Poder y desaparición. Buenos Aires: Colihue.
Lagarde, M. (2011 [1990]). Los cautiverios de las mujeres: madreesposas, monjas, putas, presas y locas. Ciudad de México: Siglo XXI y Universidad Nacional Autónoma de México.
Sánchez Domínguez-Guilarte, M. d. (2022). Nadie merece desaparecer. Diagnóstico sobre la estigmatización hacia las personas víctimas de desaparición, sus familiares y las organizaciones que las acompañan. Guadalajara: Centro Universitario por la Dignidad y la Justicia «Francisco Suárez SJ».
Vasallo, B., & Gascó, E. (2014, 12 febrero). Desocupar la maternidad. Pikara Magazine. https://www.pikaramagazine.com/2014/02/desocupar-la-maternidad/




