¿Para qué estudiar los feminismos? Reflexiones estudiantiles sobre una experiencia formativa

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Queremos compartir los aprendizajes que nos deja el estudio de los feminismos, a partir de los trabajos elaborados por estudiantes de la asignatura “Problemáticas Contemporáneas sobre Género y Feminismos”.

Ilustración de portada de Stephanie Ledesma.

Texto por Leila Abdala y Elsa Jiménez 
Profesoras del Departamento de Formación Humana  

En estos tiempos, cuando el avance de los movimientos políticos conservadores amenaza las conquistas sociales, es indispensable fortalecer nuestra claridad analítica y política. Ponernos las “gafas violetas” —como nombramos al proceso de desarrollar una conciencia feminista— nos brinda herramientas para reconocer, visibilizar y transformar las desigualdades y violencias cisheteropatriarcales; es decir, aquellas propias de un sistema sociopolítico en el que el género masculino y la heterosexualidad ejercen supremacía sobre otros géneros y orientaciones sexuales, permeando todos los ámbitos de nuestra vida. 

Desarrollar una mirada analítica tiene sus costos. Implica dedicar tiempo a la lectura y la reflexión, esforzarse por comprender los argumentos, contrastarlos con procesos históricos y discutir su relevancia, sentido, aportes y, ¿por qué no?, también sus límites y sesgos. Al mismo tiempo, supone politizar nuestras propias biografías.  

En este espacio queremos compartir las perspectivas y los alcances que abre el estudio de los feminismos, a partir de las reflexiones y trabajos elaborados por un grupo de estudiantes de diversas carreras que decidieron asumir este desafío al cursar la asignatura Problemáticas Contemporáneas sobre Género y Feminismos. Este curso formó parte del programa Verano Internacional del ITESO, una experiencia educativa en un entorno multicultural que reúne a estudiantes y docentes de distintos países en modalidades presencial, virtual y mixta, y fue impartido por las profesoras Leila Abdala y Elsa Jiménez. 

Corporalidad y ciudadanía

Iniciamos el curso revisando las diferencias en el reconocimiento, la apropiación y el goce de derechos en función de las experiencias vitales de ciudadanía que se producen cuando las personas son leídas y socializadas como mujeres o como varones en nuestra sociedad, así como las que emergen cuando asumen registros identitarios o sexoafectivos que subvierten la cisheteronorma.  

Al respecto, Napoleón Sánchez, estudiante de Gestión Pública, dio cuenta de las múltiples exclusiones, vulneraciones de derechos y violencias que enfrenta la comunidad trans. En un poema bellísimo de su autoría nos interpela sobre la urgencia de cuestionar y transformar el sistema que sostiene estas estructuras de opresión:  

“[…] Cuando hagan un diluvio para los que nos aferramos 
para quienes aún luchamos 
para los que estamos 
recordarás que somos los bienaventurados que lloran 
los que seremos consolados”. 

Junto con el estudiantado distinguimos que, aunque las mujeres conquistamos el derecho de ciudadanía a mediados del siglo pasado —en México, el derecho a votar y a ser elegidas para cargos públicos se consolidó en 1953—, esta categoría no es en absoluto neutral, sino que continúa construyéndose a partir de las experiencias y necesidades de varones cisheteronormados con privilegios de clase y raza. 

En el marco de estas problemáticas, Daniela Barreda, estudiante de Nutrición, elaboró una escultura titulada “La sangre que tejió mis labios”, que representa el ocultamiento, los silencios y la vergüenza asignados a los procesos corporales femeninos. Con su pieza artística buscó expresar la importancia de elaborar y apropiarse de categorías como la de violencia obstétrica, desde las cuales pueden enunciarse y denunciarse las prácticas y omisiones perpetradas por el personal médico y de salud que ocasionan daño físico o psicológico a las mujeres durante los procesos de embarazo, parto y puerperio.  

Daniela destaca que aproximarse a las historias familiares desde esta óptica hace posible “recordar lo que no fue dicho, lo que dolió sin nombre, lo que se vivió con la sensación de que así debía ser, pero no […] con el fin de nombrar lo vivido como experiencia política, como materia de ciudadanía y como campo de disputa”. 

Fotografía y arte: “La Sangre que tejió mis labios”, obra de Daniela Barreda Moreno.

En esta línea, Ana Sofía Martínez, estudiante de Ingeniería Industrial, cuestionó el rechazo y el tabú que persisten en torno a la sangre menstrual, contrastándola con la espectacularización de la violencia sanguinaria en los medios de comunicación. En un poema de su autoría titulado “Sangre de vida y muerte”, nos interpela sobre lo que esta sociedad normaliza y aquello que, en cambio, busca silenciar.   

Derechos sexuales y (no) reproductivos 

Las condiciones culturales y materiales que permiten el goce de derechos, además de estar modeladas por las jerarquías e imposiciones de género, son atravesadas por otros patrones de poder, como la dominación colonial que perpetúa el racismo. Tuutu Geraldine Rivera, estudiante de Psicología, nos compartió el testimonio de su abuela, quien narró las circunstancias que contribuyeron a alienar a las mujeres de su comunidad (San Miguel Huaixtita, en Mezquitic, Jalisco) de sus propios cuerpos, obligándolas a vivir distintas formas de violencia, como las uniones de pareja impuestas y la continuación de embarazos que comprometían gravemente su salud.  

Su trabajo contribuyó a visibilizar, a partir de su propia práctica y de la de su abuela, los esfuerzos que realizan las mujeres wixaritari para construir una “vida digna, garantizar su derecho a la información y a la sanación colectiva [que pasan por fortalecer y difundir…] nuestras propias formas de entender el cuerpo, la sexualidad y el cuidado”. 

Desmontar las violencias de género 

A lo largo del curso fuimos identificando distintas formas de violencias sustentadas en estereotipos y roles de género, así como en la valoración desigual que nuestras sociedades otorgan a los atributos y cualidades considerados femeninos y masculinos. Esta desigualdad simbólica fue plasmada por Diego Balderrama, estudiante de Relaciones Internacionales, en un collage que muestra cómo el poder político fue modelado a partir de modos de socialización patriarcales y masculinizados.  

Este ejercicio del poder promueve y legitima formas de control y apropiación, particularmente sobre los cuerpos femeninos, lo que se expresa en la devaluación de los trabajos y aportes de las mujeres mediante su invisibilización y negación continua. 

Fotografía y arte: Diego Rodolfo Balderrama. Collage sin título. 

Los cuidados y el sostenimiento de la vida 

En relación con estas reflexiones, Luisa Elena Cevallos, estudiante de Arquitectura, nos interpeló con un poema que refleja cómo el trabajo de cuidados, invisibilizado y feminizado, sostiene la vida y la sociedad misma:

“La casa dormía sobre sus espaldas, pero nadie lo sabía. 
¿Quién nombra lo que es dado por hecho? 
¿Quién agradece la constelación que encienden sus manos antes del amanecer?”. 

Con estos versos puso de manifiesto que el trabajo doméstico y de cuidados carece de reconocimiento y se realiza sobre la explotación física y mental de las mujeres.  

En este sentido, Silvana Orduño, estudiante de Diseño de Indumentaria y Moda, recupera la historia de su abuela mediante la alegoría “El plato que nunca descansa”, título de su obra, con la que busca dar cuenta de “ese trabajo silencioso, repetitivo e invisible que hicieron (y siguen haciendo) muchas mujeres, sin pausa y sin descanso”. Se trata de un plato roto porque “el deber también duele, también quiebra, aunque no se vea”. Este plato fue pegado con cinta “porque muchas veces eso pasa: las mujeres se rompen en silencio y se siguen pegando solas, sin que nadie lo note, como si no pasara nada”. 

Reflexión final 

Como advertimos en este breve recorrido, los feminismos nos dotan de un conjunto de categorías, argumentos, análisis históricos y estrategias de medición que contribuyen a politizar nuestros malestares. Es decir, ofrecen recursos para nombrar, evidenciar y subvertir la multiplicidad de acciones y discursos que dañan y oprimen a las personas de manera diferenciada según su posición en las estructuras de dominación de género, raza y clase, entre otras. El origen de estas estructuras se encuentra en las formas binarias y jerárquicas mediante las cuales las sociedades occidentalizadas significan y organizan la diferencia y el deseo sexual.  

Acompañar, como docentes, los procesos transitados por lxs estudiantes ha sido también un desafío, en la medida en que implicó —para nosotras y para ellxs— revisar nuestras propias biografías, no sin incomodidades ni tensiones. Este ejercicio de reflexión crítica puso en evidencia que el aprendizaje no es un proceso neutral, sino profundamente atravesado por experiencias, afectos y trayectorias personales. Supone, en definitiva, poner en práctica aquello que los feminismos conceptualizan como conocimiento encarnado: un saber situado que reconoce la presencia de afectos y pasiones en el proceso de cognición, así como los múltiples posicionamientos desde los cuales se produce todo esfuerzo de comprensión, incluido el pensamiento científico.