Biólogo, fotógrafo y divulgador: la mirada multifacética de Esteban Baus

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De la selva amazónica al TikTok, esta es la historia de un científico que transformó su forma de mirar y, con ello, la manera de contar la ciencia.

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Fotografías cortesía de Esteban Baus

Conocí a Esteban Baus hace poco más de un año por videollamada. Desde Quito, él dirige uno de los proyectos universitarios de divulgación científica más destacados de Ecuador; acá en Guadalajara, está un equipo con preguntas sobre cómo se construye algo así: un proyecto, una agenda y una audiencia.

Desde entonces, la conversación se ha extendido y ha derivado en colaboraciones para acercar, entre universidades, nuestras formas de contar la ciencia.

Pero más allá del proyecto y sus resultados, importa volver a su historia. ¿Cómo empieza una trayectoria como la suya? ¿En qué momento la biología, la fotografía y la divulgación comienzan a entrelazarse? Para responderlo, hay que volver al inicio.

De niño, Esteban Baus coleccionaba insectos. Los observaba, los atrapaba y los conservaba en frascos con alcohol. Le fascinaban sus colores, sus formas —tan precisas como extrañas— y hasta los dolores que le provocaban al manipularlos. Disfrutaba de ver series en la televisión como las de Jacques Cousteau y sus exploraciones en el océano.

Años después, al momento de elegir una carrera, esa fascinación se tradujo en una duda insistente. Por un lado, la biología; por otro, la fotografía, que comenzaba a descubrir a través de una cámara que le habían regalado a su hermana. Era todavía un interés de pasatiempo, pero suficiente como para despertar una curiosidad que, con el tiempo, se convertiría en una de sus grandes pasiones.

Ingresó a la licenciatura en Ciencias Biológicas en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, pero en su tercer año dejó los estudios para irse al campo. Se integró a un proyecto en la región Yasuní, una de las reservas más grandes del país y uno de los ecosistemas más biodiversos del mundo.

Ahí vivió en una estación de investigación en la Amazonía, donde desarrolló sus tesis sobre hormigas. Pasaba entre 15 y 20 días al mes en el campo, luego regresaba a la ciudad para analizar los datos recopilados y, poco después, volvía a la selva. Así transcurrió más de un año.

“Me enamoré de ese lugar. Aprendí fotografía con un colega botánico, pasaba los días en el campo y me decía: ‘Algún día haré un documental’”, recuerda Esteban con la nostalgia de quien piensa en un momento decisivo de su vida. Entonces no lo sabía, pero esa experiencia marcó el enfoque de su trabajo como científico y documentalista.

Al regresar y continuar su carrera en biología en temas de salud, comenzó a trabajar en el Centro de Investigación para la Salud en América Latina (CISeAL), uno de los centros regionales más grandes del Ecuador.

Pero lo que había comenzado en la selva —esa fascinación por observar y capturar la grandeza de la naturaleza, incluso en sus formas más pequeñas— encontró otro cauce en las aulas. Con estudiantes de biología abrió una clase optativa de fotografía de vida silvestre. “Fue un éxito. Los cursos se llenaban cada año”.

Años más tarde, la comunicación científica empezó a tomar forma en su trabajo, todavía desde el aula. Ahí, en su rol como profesor, se dio cuenta de la diversidad en los perfiles de sus estudiantes de biología: incluso en una formación técnica, aparecían intereses por la poesía, el diseño y otras formas creativas. “Me di cuenta de que esa pasión no solamente era mía; también estaba en los estudiantes, en su creatividad dentro de lo académico”.

En 2016, ya como decano de la facultad, conocía de primera mano lo que sucedía al interior de los laboratorios y en los proyectos de investigación. Fue entonces cuando lo entendió con claridad: ahí había historias que debían contarse.

Ahí surgió la primera idea de un canal de comunicación que, años más tarde, se convertiría en su proyecto más ambicioso: Comciencia PUCE.

En 2018, Esteban lo formalizó como un proyecto institucional, con una premisa clara: los problemas de la sociedad no se resuelven desde una sola disciplina, sino desde el diálogo entre distintas formas de conocimiento.

Comciencia PUCE comenzó como un canal de Youtube, con videos en formato largo sobre expediciones, investigaciones, perfiles de científicos y temas de coyuntura.

El momento clave llegó en 2022, en medio de una pandemia global, cuando se decidió conformar un nuevo equipo enfocado en redes sociales. Apostaron por formatos breves, pensados para plataformas como Instagram y TikTok, con la intención de conectar con audiencias más jóvenes y ampliar el alcance del proyecto.

Los resultados no tardaron en llegar: entre 2022 y 2023 superaron los 250 mil seguidores en TikTok y los 60 mil en Instagram. “El equipo encontró la fórmula que la audiencia estaba esperando”, afirma Esteban.

El cambio de enfoque generó tensiones. No todos estaban de acuerdo con los nuevos formatos, más breves y cercanos a las lógicas de redes sociales. Aun así, el equipo —integrado por comunicadores jóvenes— tuvo libertad para experimentar con narrativas y lenguajes.

Al inicio hubo críticas, pero los resultados comenzaron a cambiar la percepción. “Poco a poco, viendo el éxito, empezaron a reconocer nuestra labor”.

Para Esteban, el aprendizaje también fue personal. Acostumbrado a los documentales largos, no terminaba de entender los códigos de las nuevas plataformas: los chistes, los memes, el ritmo. “Yo quería ver información, documentales de 45 minutos, quedarme viendo la belleza de la naturaleza. Aquí era un minuto, minuto y medio, en formatos de sketch”.

Entonces lo entendió: la audiencia es lo más importante. Dio un paso al costado y dejó a su equipo hacer lo que sabía hacer.

Hablar de ciencia en tiempos de desinformación

La comunicación científica en Ecuador aún está en construcción, pese a los esfuerzos impulsados por iniciativas individuales. En ese escenario, Esteban reconoce el lugar que ha logrado consolidar su proyecto. “Con mucho orgullo puedo decir que Comciencia es un referente en la generación de contenido para redes sociales en divulgación científica”.

Más allá del presente, también hay una mirada puesta en el futuro. Entre sus ideas está la creación de una revista de divulgación científica, un espacio donde investigadores puedan publicar sus hallazgos en un lenguaje accesible.

En un contexto atravesado por la desinformación, la comunicación científica adquiere un papel clave. “Funciona como un verificador con evidencia”, explica. “Hacemos contrapeso a las fake news a través de la reinterpretación de la evidencia científica y la presentamos de forma entretenida”.

Al cierre de la entrevista, repasamos las múltiples facetas de Esteban: biólogo, profesor, investigador, fotógrafo, coordinador de proyectos. La pregunta parece inevitable —y quizá también obvia—: ¿cuál de todos esos roles disfruta más?

“Tengo un defecto que puede ser también una virtud: me gustan muchas cosas. Me entusiasmo, me meto de lleno y luego cambio”, dice. Hace una pausa y responde: “Pero si me preguntas qué es lo que más me gusta, es la fotografía”.

Cuando habla de ella, el tono cambia. “Tengo un metabolismo acelerado, no perdono las tres comidas al día o me pongo de mal genio. Pero cuando hago fotografía, me olvido hasta de comer”.

Para él, ese es el indicador más claro: cuando el tiempo pasa sin notarse, hay algo que está funcionando. Interés, creatividad, una atención que lo ocupa todo. Los sentidos —dice— están a tope.

Quizá no sea tan distinto de aquel niño que coleccionaba insectos y se detenía a observar sus formas y colores. Solo que ahora, en lugar de atraparlos, los encuadra. Y en ese gesto —mirar, detenerse, compartir— sigue encontrando la misma fascinación.