La utopía en el aula: la apuesta por la paz y la diversidad en la educación jesuita 

La educación jesuita invita a sus docentes a construir espacios universitarios donde prevalezcan el diálogo, el respeto y la diversidad.

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Por Alexander Zatyrka Pacheco, S.J.  
Rector del ITESO 

Nuestra cultura presente es fruto de distintos procesos históricos. El siglo XX nos determinó. Somos hijas e hijos del trauma de la bomba atómica, de las dos guerras mundiales, del mundo bipolar y posteriormente globalizado; pero también del reconocimiento de los derechos humanos, de la diversidad de las civilizaciones, de la multilateralidad y la cooperación. 

En los tiempos recientes muchos de los paradigmas que configuraron el mundo posterior a la Guerra Fría están siendo cuestionados por el ascenso de los populismos de izquierda y derecha; por la creciente polarización y el fanatismo político–religioso; por el aumento de la migración y las condiciones de pobreza; por la insuficiente contención de ambiciones antes calificadas como imperialistas y ahora catalogadas como derechos históricos y hegemónicos; así como por la violencia del crimen organizado y por muchos otros pesares derivados del actuar humano en el mundo que definen la agenda nacional e internacional.1 

Bajo este denso contexto, ¿cuál es el rol de la educación jesuita en la formación de estudiantes?, ¿qué responsabilidad tiene el profesorado en la construcción de paz, tanto desde el aula como desde las interacciones cotidianas con el estudiantado?, ¿puede la práctica docente fortalecer entornos de respeto, diálogo y convivencia? 

A partir de esto, quiero reflexionar un poco sobre lo que el padre Ignacio Ellacuría, S.J., denominó el Reino de Dios historizado. Es decir, la manera en que la utopía cristiana debe concretarse en términos histórico-sociales y cómo contribuir a ello desde las aulas y desde la misión educativa jesuita. 

Ellacuría considera que el principio fundamental sobre el cual basar este orden histórico es aquel que afirma que “todos tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). “Ese es el grito utópico nacido de la profecía histórica (Ellacuría, 1989, p. 160)”, decía. 

A partir de su experiencia y tras sufrir de primera mano la violencia en Centroamérica, el sacerdote español condenaba el dolor, la muerte y la miseria en la región, y alimentaba el valor insustituible de reconocer la vida material como un don primario y fundamental. “La vida debe explayarse y plenificarse por crecimiento interno y en relación con la vida de los demás, siempre en busca de más vida y de vida mejor (Ellacuría, 1989)”, mencionaba. 

No obstante, Ellacuría consideraba que esta búsqueda de una vida mejor no podía ejercerse quitándosela a los demás o despreocupándose de cómo los demás la van perdiendo, pues esa es la negación del Espíritu como dador de vida. 

Lo anterior introduce, por tanto, el ejercicio de la paz y la no violencia, así como la necesidad de reconocer al otro distinto de mí como condición necesaria para el crecimiento del “sí mismo” en consonancia con el colectivo: una tarea nada simple y de obligado adiestramiento. 

Ya el propio Mahatma Gandhi reconocía que “se requiere un entrenamiento bastante extenuante para alcanzar un estado mental de no violencia”. Este defensor de la desobediencia civil pacífica en la India consideraba que dicha condición solo era alcanzable mediante una cooperación sincera entre mente, cuerpo y habla, pues afirmaba: “La no violencia es un arma del fuerte. Con el débil podría fácilmente ser hipocresía”.2 

La valoración del otro y una fortaleza mental que sustente la no agresión son deberes que desde la universidad requieren ser inculcados desde la docencia. Para ello, es justo pensar en una educación intercultural y dialogada, tal y como dicta la larga tradición pedagógica jesuita.   

En un texto en el que aborda el asunto de la diversidad cultural en las escuelas jesuitas y católicas, lo que en esencia es el reconocimiento de esa otredad, el padre Sunny Jacob, S.J., especialista en educación de la Compañía de Jesús, afirma que la orden fundada por san Ignacio de Loyola reconoce globalmente que la inculturación y el diálogo interreligioso son componentes esenciales de su misión: “Nuestras escuelas deben ser lugares donde se fomenten y promulguen los esfuerzos hacia la solidaridad y las asociaciones con todas las personas de buena voluntad”.3 

Esto implica que toda institución de educación jesuita, como el ITESO, debe responder positiva y activamente a la diversidad de sus estudiantes, maestros, padres y comunidades.  

En este sentido, el padre Sunny Jacob, quien vivió en carne propia un entorno multicultural y multilingüe en la India, recomienda seguir una serie de orientaciones a fin de favorecer la educación intercultural. Entre estas destaca la necesidad de comprensión de la noción de cultura en los programas educativos, donde además se analicen los rasgos de la identidad cultural y se mida el pensamiento estereotipado, así como las limitaciones que marcan injustamente a la diversidad cultural. También propone compartir y reflexionar sobre experiencias de prejuicio, discriminación y exclusión, así como sus consecuencias, y examinar la naturaleza del poder en las relaciones entre grupos dominantes y marginados.  

Debemos tener en cuenta que adquirir una comprensión de la diversidad nos ayuda a crecer en la “unidad en la diversidad”. Por lo tanto, como afirma Jacob, “la ciudadanía global y la comunicación intercultural en nuestras escuelas son imprescindibles, especialmente en nuestros tiempos. Debemos proclamar al mundo que los colegios jesuitas están comprometidos con la interculturalidad (Jacob, 2023)”. Por ello, considera de vital utilidad introducir en el currículo académico cursos que aborden el tema desde diversas perspectivas, al igual que promover iniciativas como clubes de paz y programas de intercambio estudiantil para que sean una forma eficaz de experimentar la diversidad cultural y de aprender a respetarla. 

Justamente, en el Marco para la convivencia universitaria igualitaria,4 documento orientativo en términos de lo que en el ITESO definimos como relaciones humanas deseables, consideramos que la convivencia en igualdad no se limita exclusivamente en los espacios tradicionalmente formativos, como aulas, entornos colaborativos o laboratorios, sino en cualquier ámbito de la vida universitaria desde donde se impulsa la formación, la investigación, la vinculación y la gestión. 

Este marco, el cual invito a consultar, promueve la reflexión, y nos recuerda los principios que sustentan un entorno propicio, destacando la justicia, la igualdad, la libertad y la diversidad como elementos constitutivos de nuestro quehacer comunitario.   

Desde este documento, alentamos la búsqueda de un entorno seguro y libre de violencias, basado en la promoción de actitudes como la empatía, el cuidado, la solidaridad, el diálogo, el respeto, la apertura y la autocrítica. Asimismo, damos a conocer las distintas herramientas, tanto operacionales como formativas, con las que contamos en la universidad para lograr este cometido. 

Bajo este paraguas, destacamos que la docencia como práctica de construcción de paz modela relaciones, crea espacios de diálogo y forma sensibilidad ética cuando promueve el respeto a la dignidad de cada persona; cuando genera espacios seguros de diálogo; cuando fomenta la escucha y el pensamiento crítico; cuando reconoce la diversidad de experiencias y perspectivas; y cuando cuestiona prejuicios y desigualdades. 

La construcción de comunidades seguras y respetuosas es, pues, una responsabilidad colectiva frente a la violencia y la discriminación imperantes en el mundo. Apela a la vocación de formar humanidad y esperanza; a la concreción de la utopía cristiana a la que aludía Ellacuría; y a ese circuito virtuoso de la paz y no violencia al que aspiraba Gandhi. 

En un entorno en que crece la intolerancia y abunda la agresividad, las profesoras y profesores tenemos la oportunidad de hacer de la universidad un espacio en el que prevalezca el respeto por cada persona; un lugar donde las diferencias se resuelvan mediante el diálogo sereno y argumentado. Cada vez que nos disponemos a compartir con el estudiantado los saberes del mundo, podemos también promover la concordia que tanta falta nos hace. 

Notas al pie: 

1 Ignacio Ellacuría, S.J. (1989). Utopía y profetismo desde América Latina. En Revista Latinoamericana de Teología, vol. 6, núm. 17. San Salvador: Centro de Reflexión Teológica, Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, p. 142. 

2 Mahatma Gandhi (2002). “My Faith in Non-violence”. En The Power of Nonviolence: Writings by Advocates of Peace. Boston: Beacon Press, pp. 45–46. 
Disponible en: https://www.mkgandhi.org/nonviolence/faithin_nonvio.php 

3 Sunny Jacob, S.J. (2023). “Embracing Cultural Diversity as Jesuit and Catholic Schools”. Educate Magis, 11 de mayo. 
Disponible en: https://www.educatemagis.org/global-stories/embracing-cultural-diversity-as-jesuit-and-catholic-schools/ 

4 ITESO. Marco para la convivencia universitaria igualitaria
Disponible en: https://www.iteso.mx/convivencia-universitaria