Caminando entre los cuidados colectivos

Escuchar a las familias buscadoras abre preguntas sobre cómo nos cuidamos, cómo construimos comunidad y qué significa sostener la vida junto a otras personas.

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Imagen creada con IA a partir del prompt: ilustración editorial en acuarela digital con personas diversas conectadas por raíces subterráneas, símbolo del cuidado colectivo y comunitario.

Por María Teresa de Jesús Maya Melchor y Salvador Madrid Jurado 
Estudiante de Ciencias de la Educación / Estudiante del Doctorado Interinstitucional en Educación 

Últimamente hemos escuchado hablar sobre el cuidado colectivo como si se tratara de algo nuevo, cuando en realidad siempre ha existido. Pero lo que ha cambiado es la forma en que se nombra, se visibiliza y se reconoce como algo urgente, tanto en los espacios académicos como en la vida cotidiana. Esto responde a contextos de crisis y desigualdad que han evidenciado que la vida no puede sostenerse de manera individual, sino de forma colectiva.   

Más que una novedad, el cuidado colectivo cuestiona la idea de que cuidar sea una responsabilidad privada y lo sitúa en el ámbito de lo común: en las redes, el acompañamiento y las prácticas que sostienen la vida en conjunto. En este sentido, cuidarnos en colectividad es esencial. Aunque no es algo actual, siempre ha estado presente acompañándonos, solo que, al no nombrarse, tal vez debido a su aparente normalidad, muchas veces pasa inadvertido.  

Desde la teoría del cuidado de Joan C. Tronto, se plantea que el cuidado es una práctica política y social, indispensable para sostener la vida. Esta autora propone entenderlo como un proceso compuesto por diversas fases: preocuparse, hacerse cargo, cuidar y recibir cuidado. Con esta perspectiva se reconoce que el cuidado no es algo excepcional, sino una condición de la vida en colectividad.  

Desde nuestros primeros acercamientos a la vida escolar, en particular a través de la historia, se nos enseña bajo ciertas narrativas que la vida en comunidad no fue una opción; por ejemplo, organizarse para cazar, recolectar o resguardarse de las amenazas no era únicamente una estrategia de supervivencia, sino una forma de sostener la vida. No se trataba de individuos aislados enfrentando el mundo, sino cuerpos que se encontraban, se protegían y tejían condiciones de cuidado. Aunque esto no garantizaba la seguridad, sí evitaba enfrentar el riesgo en soledad.  

Estas formas de organización han adoptado múltiples rostros a lo largo del tiempo, pero comparten el principio del cuidado. Sin cuidado colectivo, lo demás no se sostiene. Si esto es así, y si el cuidado colectivo está tan profundamente inscrito en la experiencia humana, entonces ¿por qué hoy necesitamos nombrarlo, reivindicarlo e incluso reaprenderlo?

No hay una sola respuesta, pero sí algunas pistas. Hemos habitado entre formas de organización social que erosionan los vínculos, dentro de un sistema que opera mediante la individualización, fragmenta las relaciones y desplaza el cuidado colectivo. Esto nos empuja a vivir desde el interés propio, el desinterés por los demás y la desensibilización. Se trata de una forma de poder que no solo organiza la vida, sino que también jerarquiza e invisibiliza esa dimensión colectiva del cuidado que, paradójicamente, nos construye. Frente a esto, es necesario volver a lo humano a través del cuidado, la cercanía y la escucha.   

Cuidarnos implica pensarlo como una posibilidad elegida y no como una condición impuesta. Por ejemplo, las experiencias de las familias buscadoras han sido aleccionadoras sobre el cuidado colectivo. Sus consignas “¡No estás sola, no estás sola!”, y su caminar conjunto, no solo dan cabida al dolor, sino que reconstruyen y sostienen un tejido colectivo que otorga sentido al cuidado de los otros. Esto nos recuerda que lo que sentimos no está aislado y que nuestras experiencias resuenan en las de otras personas.

Quizá ahí radique una de las primicias del cuidado colectivo, en reconocer que lo que vivimos interpela y nos vincula. Donde organizarnos y cuidarnos mutuamente, reconociendo como alguien importante para la comunidad, no es solamente un ideal, sino una condición necesaria para sostenernos.   

Prompt de generación para esta imagen: “Ilustración editorial pictórica, estilo acuarela y folk art contemporáneo, composición colectiva y comunitaria con personas diversas realizando labores de cuidado y paleta cálida en tonos tierra”.

En esta línea, el encuentro “¿Y si nos cuidamos? Conversando con familias buscadoras”, realizado en noviembre del año pasado en el ITESO, abrió un espacio de diálogo entre jóvenes estudiantes y personas que viven de cerca la realidad de la desaparición forzada. Participaron madres, padres, hermanas y personas voluntarias involucradas en procesos de búsqueda. Más que un evento, fue un espacio de escucha y encuentro, donde las experiencias no se compartieron desde la distancia, sino desde la vida misma.  

Escuchar a quienes buscan deja una huella difícil de borrar. No es lo mismo conocer esta problemática a través de noticias o redes sociales que encontrarse frente a alguien que la atraviesa cotidianamente. Las palabras, los silencios y las emociones compartidas generaron una sensibilidad distinta: más cercana y encarnada.  

Uno de los impactos más significativos fue reconocer que esta realidad no es lejana. Las desapariciones no son hechos aislados ni recientes. Saber que existen casos de hace años, pero también de hace meses o días, confronta directamente nuestra idea de seguridad y coloca a las y los jóvenes frente a su propia vulnerabilidad. A partir de ese reconocimiento, el cuidado comienza a resignificarse como una práctica necesaria.  

Entonces emergieron preguntas íntimas y cotidianas: ¿cómo me cuido cuando salgo?, ¿a quién le aviso?, ¿con quién voy?  

Acciones que antes parecían simples comenzaron a adquirir otro sentido. Para algunas personas, esto implicó reconocer el valor de los cuidados familiares: llamadas, mensajes e insistencias que dejaron de percibirse como formas de control para entenderse como formas de protección y afecto. Al mismo tiempo, se hizo visible la dimensión colectiva del cuidado.

Las personas buscadoras compartieron cómo, en medio del dolor, han encontrado en otras y otros el sostén necesario para continuar. Se cuidan, se acompañan y se organizan. Su lucha no es individual, sino profundamente comunitaria. Esto no solo generó admiración, sino también la inquietud de construir redes más amplias, donde el cuidado no recaiga únicamente en quienes viven la ausencia. 

También emergió la conciencia de que el cuidado habita en lo cotidiano: en lo que compartimos en redes sociales, en los lugares que transitamos y en las decisiones que tomamos día a día. Son acciones aparentemente pequeñas que, en este contexto, adquieren un significado distinto. Junto con ello, apareció un sentimiento de injusticia. Escuchar que son las propias familias quienes buscan, investigan y sostienen la esperanza evidenció la insuficiencia de la respuesta institucional. Sin embargo, su fuerza, su amor y su persistencia no solo conmovieron, sino que interpelaron a quienes escuchaban a no permanecer indiferentes. 

Al final, lo que dejó este espacio fue una conciencia colectiva. Una conciencia que incomoda, pero que también moviliza a cuidarse, a cuidar a otras personas y a no ignorar la magnitud de lo que ocurre. Como se compartió en el encuentro, y en consonancia con los planteamientos teóricos de Joan Tronto, resulta fundamental tejer redes de comunicación, confianza y apoyo, pues incluso en contextos adversos, el cuidado colectivo puede convertirse en una forma de resistencia. 

Así, el cuidado colectivo es una semilla que necesita echar raíces en el encuentro con otras y otros para crecer y fortalecerse. Solo entonces pueden florecer nuevas formas de habitar el mundo; espacios donde, incluso en medio de la soledad o la incertidumbre, sepamos que existen vínculos, redes y manos que sostienen desde el cuidado mutuo. 

Para saber más

Tronto, J. (2020). ¿Riesgo o cuidado? Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Fundación Medifé Edita.