Por Resurrección Rodríguez Hernández
Directora del Centro Universitario Ignaciano
Imaginemos que un profesor tiene la pesadilla de dejar de ser necesario en el aula a causa de la inteligencia artificial (IA). Este temor surge ante la creciente capacidad de las máquinas para procesar información, responder preguntas y ofrecer soluciones que antes dependían exclusivamente del conocimiento humano. La ansiedad de perder ese rol clave refleja una preocupación legítima sobre el futuro de la educación y el lugar que ocuparán los profesores en un entorno cada vez más digitalizado. Por cierto, la llamada inteligencia artificial podría nombrarse de otras maneras. Por ejemplo: concentración, socialización y comercialización de los saberes digitalizados, conseguidos por la especie humana a lo largo de milenios.
Aproximadamente tres meses antes de su fallecimiento, el Papa Francisco aprobó la publicación de la nota: Antiqua et nova: Nota sobre la relación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana. En ella se incluye un llamado a asumir la responsabilidad por las intenciones y los resultados derivados del uso de la inteligencia artificial porque, si un día la máquina se convierte en un monstruo destructor, no podríamos responsabilizarla a ella. Habrá que empezar a asumir que, detrás de toda aplicación de la IA, hay inteligencias humanas tomando decisiones —o incurriendo en omisiones— que determinan si estas herramientas contribuyen a construir o a destruir.
En torno a esta pesadilla, surgen preguntas: ¿tiene sentido?, ¿tiene sustento en la realidad?, ¿cuál es el rol pertinente del profesorado en la era del auge de la IA?, ¿cuál será la pertinencia del aula en esta nueva “era”? Como pistas, propongo tres casos inspirados en prácticas propias y de colegas itesianas e itesianos.
Caso 1
Esta profesora está convencida de que el mayor aprendizaje ocurre cuando el estudiantado es protagonista de su propio descubrimiento. Por eso, no se limita a impartir contenidos o a ofrecer respuestas: le interesa plantear retos, criterios y orientaciones para que los estudiantes deliberen, elijan, distingan, seleccionen, valoren y reflexionen, y puedan explicar cómo sus decisiones favorecen el logro de objetivos, la coherencia con su proyecto profesional y de vida, así como el cuidado del entorno y de la comunidad.
Caso 2
El profesor tiene muy clara la ruta hacia donde quiere dirigir a sus estudiantes, pero sabe que no todas ni todos llegarán de la misma manera ni al mismo ritmo. Por eso, ofrece distintos caminos para alcanzar un mismo destino. Les da la posibilidad de elegir temas de trabajo según sus pasiones e intereses profesionales, de tal manera que alcanzar un objetivo se vuelva realmente deseable.
Caso 3
El profesor sabe que la docencia requiere una gran dosis de humildad. ¿Por qué? Ya no es la época de ser el “sabelotodo” ni de esperar a que el estudiantado mantenga plena atención durante dos horas de exposición. Es necesario abandonar esa expectativa. También ha dejado atrás la idea de que “los jóvenes ya no son como antes” y, en su lugar, se dispone a descubrir los tesoros que pueden encontrarse en las juventudes de hoy, más allá de los juicios sobre lo que han dejado de ser. Sabe que quizá deba cambiar, lo que le asusta un poco, pero está dispuesto. En ese camino se sorprende, se conmueve, comprende, acompaña, respalda y establece límites de manera asertiva y tranquila.
Estos tres casos me remiten a los clásicos de la pedagogía ignaciana. En 1993, la Compañía de Jesús publicó el documento Pedagogía Ignaciana: Un Planteamiento Práctico. Si bien fue pensado originalmente para los colegios, sigue ofreciendo pistas valiosas para la educación, incluso en el nivel superior. Volvamos a los clásicos y descubriremos que allí están las claves para el acompañamiento humano al aprendizaje en la era de la IA. Este texto clásico remite, a su vez, al primer clásico de los colegios de la Compañía de Jesús, cuyo “Apéndice I. Algunos Principios Pedagógicos importantes: Anotaciones ignacianas”, describe el perfil deseado del profesorado en las obras educativas confiadas a la Compañía de Jesús. Dicho perfil señala que el profesor:
- Brinda “modo y orden”.
- Cuestiona.
- Anima.
- Prefiere “la profundidad a la extensión”.
- Es claro con las temporalidades, pero respeta los distintos ritmos de las personas.
- Abre canales de comunicación sincera para que las dificultades puedan expresarse asertivamente.
- Advierte sobre el peligro de avanzar con prisa.
- “No se inclina más a una cosa que a otra”, y posee la habilidad de mediar, facilitando que las personas encuentren claves de orientación.
- Ayuda a que las personas conecten con sus deseos genuinos, pues, cuando esto sucede, el aprendizaje se incorpora a la vocación y a la misión de la persona.
Acompañar a la juventud en la construcción de un futuro esperanzador —una de las prioridades actuales de la Compañía de Jesús— puede traducirse en experiencias de enseñanza aprendizaje que inviten al profesorado a apelar a los deseos más auténticos y profundos de cada persona. Esto implica reconocer que no todos los proyectos dirigidos al estudiantado deben plantearse del mismo modo ni para los mismos destinatarios. Se trata de permitir que broten el interés genuino y la verdadera pasión de las y los jóvenes, y de ofrecerles la oportunidad de trabajar con ellos. Así, podrán reconstruir proyectos colectivos de esperanza que otorguen sentido en medio del anuncio de la devastación del mundo. Cuando esto suceda, la emoción y la implicación de las y los estudiantes con sus clases se vuelven reales y transformadoras.
Sobre la autora
Resurrección Rodríguez Hernández es comunicóloga por el ITESO y maestra en Estudios Culturales, es acompañante espiritual y profesora en ITESO desde 2012.




