Por Dafne Sarahí Avalos y Luis Hernando Silva Castillo
Estudiante de Psicología / Profesor-investigador del Departamento de Psicología, Educación y Salud
¿Cuántas veces revisamos el celular a lo largo del día? ¿Cuántas veces lo desbloqueamos sin saber exactamente por qué? ¿Cuántas veces dejamos de escuchar a la persona que tenemos enfrente porque la mente ya está en otra parte? ¿Cuántas veces empezamos una tarea sin haber terminado la anterior?
Vivimos rodeados de estímulos: notificaciones, pendientes, mensajes, tareas, planes, recordatorios, metas. Desde antes de comenzar el día ya sabemos qué necesitamos hacer, qué actividades tenemos que terminar y cuáles deberíamos empezar. Y no ocurre solo en el trabajo o la universidad; esa lógica también se extiende en otras áreas de la vida: los amigos, la pareja, la familia e incluso en nuestro descanso. La vida cotidiana empieza a llenarse de pequeñas exigencias, como si siempre hubiera algo más que atender.
La prisa también organiza el descanso. Vemos series o películas en velocidad aumentada, escuchamos audios, clases o podcasts más rápido, buscamos resúmenes de libros de diez minutos, tutoriales breves o videos que prometen explicarnos un tema complejo sin obligarnos a detenernos demasiado. Descansamos mientras avanzamos. Vemos algo mientras respondemos mensajes. Escuchamos algo mientras hacemos otra tarea. Ya no solo queremos producir más, también queremos sentir que aprovechamos mejor cada minuto.
La saturación también aparece en formas más silenciosas: decenas de pestañas abiertas porque «todo es importante»; capturas de pantalla que guardamos para revisar después; archivos acumulados en el escritorio o en el celular; mensajes sin responder; videos guardados; documentos pendientes; notas sueltas; listas que crecen más rápido de lo que podemos atender. No solo estamos ocupados, vivimos rodeados de pequeñas promesas de atención futura.
A esta forma de vivir podríamos llamarla hiperestimulación: una vida en la que siempre hay algo más que mirar, atender, responder, revisar o producir. No solo estamos ocupados, estamos disponibles todo el tiempo. Disponibles para contestar, para resolver, para avanzar, para no quedarnos atrás. Y cuando la atención se fragmenta, también lo hace nuestra manera de estar con los demás y con nosotros mismos.
Pero la hiperestimulación no solo llena nuestros días de pendientes, también nos enseña una forma de medirnos. Vivimos en constante movimiento, pensando tres pasos adelante incluso antes de dar el primero. En una sociedad donde todo parece avanzar demasiado rápido, también se instala la idea de que nada es imposible si trabajamos, insistimos y nos esforzamos lo suficiente. El esfuerzo, entonces, deja de ser una experiencia para convertirse en una medida: de lo que hacemos, de lo que terminamos, de lo que mostramos y de lo que logramos.
Pero, a todo esto, ¿en qué momento empezamos a medir nuestro valor por lo que somos capaces de producir?
Cuando la productividad se vuelve identidad
En La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han plantea una idea inquietante: en la sociedad contemporánea ya no solo somos exigidos desde afuera, muchas veces aprendemos a imponérnoslas nosotros mismos. Ya no hace falta que alguien repita «debes hacerlo», porque hemos interiorizado frases como «yo puedo», «yo debo», «yo debería poder más».
Esa es una de las trampas más sutiles de la productividad: no siempre se presenta como obligación. A veces aparece como disciplina, crecimiento personal, autorrealización o deseo de convertirnos en nuestra mejor versión. Precisamente por eso resulta tan difícil cuestionarla. Nadie parece obligarnos directamente, pero sentimos que tenemos que poder con todo: estudiar, trabajar, responder mensajes, cuidar vínculos, tener proyectos, mejorar la salud, aprender más y demostrar que estamos bien.
Así, la productividad deja de ser solo una forma de organizar tareas y empieza a convertirse en identidad. No solo hacemos cosas productivas, empezamos a definirnos por lo que logramos, terminamos o mostramos. Poco a poco, nuestro valor personal se confunde con nuestro rendimiento.
El problema no es tener metas. El problema aparece cuando dejamos de reconocernos fuera de ellas. Cuando todo parece posible, el fracaso deja de entenderse como una circunstancia y se interpreta como una falla personal: si no logré, si no terminé, si no alcancé, si no pude, entonces parece que el problema soy yo. En ese punto, la productividad deja de ordenar la agenda y empieza a juzgar el valor de la vida.
¿Por qué se siente tan bien ser productivos?
La productividad no se sostiene solo por la presión. También se sostiene de las recompensas que ofrece. Una calificación alta, una felicitación, una tarea marcada como terminada, un bono, una mención o el reconocimiento de otras personas pueden funcionar como señales de logro. Nos hacen sentir capaces, útiles, valiosos.
Desde la psicología, sabemos que tendemos a repetir aquellas conductas que asociamos con aprobación, reconocimiento o pertenencia. Por eso la productividad no suele vivirse solo como una carga; muchas veces también genera satisfacción, fortalece la identidad y ofrece una sensación de validación. Producir puede sentirse bien porque confirma, aunque sea por un momento, que estamos haciendo «lo correcto».
El problema aparece cuando esas recompensas se vuelven el principal criterio para medirnos. Entonces ya no preguntamos solamente «¿qué hice hoy?», sino algo más profundo: «¿quién soy si hoy no produje nada?». En ese punto, descansar deja de sentirse como una necesidad y empieza a sentirse como una falta.
La culpa de descansar
Uno de los efectos más silenciosos de esta lógica es la culpa de descansar. Descansar debería ser una necesidad básica, pero muchas veces se vive como premio, una interrupción o una pérdida de tiempo. Descansamos cuando «ya acabamos», cuando «nos lo ganamos», o cuando «fuimos suficientemente productivos». El problema es que la lista de pendientes casi nunca termina. Siempre hay algo más que hacer, revisar, responder, mejorar o adelantar.
Entonces el descanso se vuelve sospechoso. Si no estoy haciendo algo útil, siento que pierdo el tiempo. Si me detengo, siento que alguien más avanza. Si no respondo, siento que fallo. Si no produzco, siento que no merezco parar.
Esta culpa revela hasta qué punto hemos aprendido a justificar nuestra existencia desde el rendimiento. Incluso el cuidado personal puede convertirse en otra tarea de la lista: hacer ejercicio para mejorar marcas, leer para ser más cultos, meditar para ser más eficientes o dormir para rendir mejor. No es que estas prácticas estén mal, pero algo se pierde cuando todo, incluso descansar, tiene que demostrar utilidad.
Tal vez por eso detenerse incomoda tanto. Porque detenerse no solo interrumpe la agenda, también cuestiona la identidad que hemos construido alrededor de la idea de estar siempre haciendo algo.
¿Estoy cansado o estamos cansados?
El malestar no es solo individual, también es colectivo. Surge de una vida saturada por el estrés, las preocupaciones diarias, la presión por cumplir y la sensación de que siempre podríamos estar haciendo algo más.
El cansancio se nota en lo cotidiano: en la dificultad para escuchar, en la irritabilidad, en la falta de paciencia, en la manera en que respondemos mensajes, en cómo nos organizamos cuando trabajamos en equipo o en si nos cuesta estar presentes. No se queda en el ámbito personal, también afecta la forma en que convivimos.
Por eso quizá no estamos frente a fallas individuales aisladas. Si muchas personas sienten cansancio, ansiedad, saturación o culpa al detenerse, tal vez estamos ante una forma de vida que produce agotamiento. Aquello que sientes tú también puede sentirlo alguien más, aunque cada quien lo experimente de manera distinta.
No todo cansancio es burnout, pero todo cansancio sostenido merece ser escuchado. A veces el cuerpo, la mente y los vínculos intentan decirnos algo que el ritmo de vida no nos deja atender.
Cuando el cuerpo también empieza a responder
El cansancio no ocurre solo en la mente. También se expresa en el cuerpo. Diversas investigaciones en psicología y ciencias de la salud han mostrado que el estrés sostenido no solo afecta cómo pensamos o sentimos, sino también cómo funciona el organismo. Estas respuestas son útiles cuando necesitamos enfrentar una situación puntual, pero cuando se mantienen durante demasiado tiempo pueden contribuir al desgaste físico y emocional.
Por eso, los efectos de la ocupación constante y de la búsqueda permanente de productividad no se quedan solo en la agenda. Pueden aparecer en el sueño, la alimentación, la atención, la irritabilidad, el dolor corporal o esa sensación de agotamiento que persiste aunque intentemos descansar.
No se trata de afirmar que toda productividad sea perjudicial. Trabajar, estudiar o tener metas también pueden dar sentido, estructura y dirección. El problema aparece cuando toda la vida se organiza bajo el mandato del rendimiento; cuando incluso descansar, convivir o cuidarnos se convierten en tareas que debemos optimizar. Entonces, tarde o temprano, el cuerpo también encuentra la forma de decir basta.
¿Y entonces qué? ¿Dejamos de trabajar?
La pregunta no es si debemos dejar de trabajar, estudiar o construir. El trabajo no es algo malo. El esfuerzo tampoco. La pregunta es otra: ¿qué ocurre cuando todo en nuestra vida tiene que demostrar su utilidad?
¿Cuándo fue la última vez que hicimos algo solo porque queríamos hacerlo? ¿Cuándo fue la última vez que descansamos sin pensar en lo que vendría después? ¿Cuándo fue la última vez que realmente vimos a la persona que teníamos al lado?
No nos desgasta solamente hacer mucho. También nos desgasta sentir que siempre deberíamos poder hacer más. Nos cansa convertir cada pausa en culpa, cada descanso en un premio, y cada actividad en una evidencia de nuestro valor.
Por eso detenernos no significa renunciar a la vida, al estudio o al trabajo. Significa recuperar la posibilidad de preguntarnos para qué hacemos tanto y qué estamos dejando fuera mientras intentamos producir más. Descansar también puede ser una forma de recuperar criterio.
¿Qué podríamos hacer diferente?
En una sociedad del cansancio, detenernos puede ser un pequeño acto de resistencia y de rebeldía. No porque resuelva por sí solo las exigencias del sistema, sino porque abre una grieta en su mandato principal: producir siempre, responder siempre, mejorar siempre.
No se trata de abandonar responsabilidades, sino de abrir espacios que no estén gobernados por la lógica de la productividad. Espacios que no tengan que justificarse por su utilidad inmediata.
Esta semana podríamos intentar algo sencillo:
- Comer sin revisar el celular.
- Cerrar las pestañas que no vamos a atender hoy.
- Soltar archivos, notas o pendientes que solo nos recuerdan exigencias imposibles.
- Caminar sin medir pasos, calorías o rendimiento.
- Conversar con alguien sin responder mensajes al mismo tiempo.
- Descansar sin convertir el descanso en otra tarea.
- Hacer algo que no produzca evidencia, resultado ni reconocimiento.
- Observar cuándo aparece la culpa al detenernos.
- Preguntarnos si estamos cansados o si estamos viviendo de una forma que produce cansancio.
Tal vez pausar no sea escapar de la vida, sino volver al cuerpo, a la conversación, al silencio, al deseo propio y a las personas que tenemos cerca. En una sociedad que nos pregunta todo el tiempo qué hacemos, cuánto logramos y qué estamos construyendo, quizá necesitamos recuperar otra pregunta:
¿Quiénes somos fuera de aquello en lo que somos productivos?





