“Nos vamos a morir inacabados”: Una conversación sobre desarrollo humano, comunidad y esperanza

La celebración del 50 aniversario de la Maestría en Desarrollo Humano del ITESO reunió a dos de sus fundadores: Alberto Segrera y José Gómez del Campo. En entrevista, comparten sobre el significado del acompañamiento y la importancia de hacer comunidad en un mundo marcado por el individualismo.

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Fotografías de Roberto Ornelas

Por Lesly Avilés
Profesora de la Maestría en Desarrollo Humano

La conversación comenzó con una pregunta sencilla:

—¿Cómo están hoy? — inicié.

 —Bien —contestaron al unísono.

—Saben, mientras estudiaba la maestría aprendí una respuesta diferente: “Bien o… ¿tienes tiempo…?”— les respondí.

Ambos rieron y asintieron, porque saben que en desarrollo humano esas respuestas automáticas no nos dicen nada.

Después de una mañana de conferencias, videos conmemorativos y reencuentros para celebrar los 50 años de la Maestría en Desarrollo Humano del ITESO, llegó el momento de conversar con dos de las personas que hicieron posible esta historia: Alberto Segrera Miranda y José “Pepe” Gómez del Campo.

En 1970 Pepe llegó a la universidad mientras Alberto, desde la Ciudad de México, impulsaba el desarrollo humano en la IBERO CDMX. Junto con Juan Lafarga y Xavier Scheifler, SJ, entonces rector del ITESO, juntos contribuyeron a la creación de un proyecto que seis años más tarde se convertiría en el primer posgrado del ITESO.

Sin embargo, al inicio de la conversación, noté que ninguno estaba interesado en hablar de fechas o programas académicos, querían hablar de personas. Después de todo, insistieron, de eso se trata el desarrollo humano.

Más que una disciplina

Explicar qué es el desarrollo humano parece sencillo y a la vez muy profundo. Para Alberto, no se trata únicamente de una profesión ni de una metodología de trabajo, sino de un proceso personal hacia una vida más plena: “Es compromiso y trabajo para llegar a ser más completos, más felices”, afirmó. Desde esta perspectiva, la felicidad no es la receta mágica que nos cuentan las películas, sino que debe ser entendida en su totalidad, comprendiendo que la vida es satisfactoria, aun con los dolores que pueda haber en el camino.

“El desarrollo humano no es algo que haga un especialista sobre alguien más. Es un proceso que vivimos todas las personas”, enfatizó el pionero del humanismo y del desarrollo humano en México.

La idea puede parecer simple, pero cambia el enfoque de manera importante. Es clave mencionar que el desarrollo humano no pertenece exclusivamente a terapeutas o psicólogos. Tiene que ver con cualquier persona interesada en conocerse mejor, relacionarse de una manera más auténtica con los demás y participar en la construcción de una comunidad más humana.

José “Pepe” Gómez del Campo.

Por eso, desde su inicio hace 50 años, la maestría reunió perfiles muy diversos: docentes, religiosas, sacerdotes, trabajadores sociales y, con el paso de los años, se sumaron ingenieros, arquitectos, comunicólogos, diseñadores y personas de prácticamente cualquier disciplina.

“El aporte del ingeniero es tan importante como el del psicólogo”, señaló Alberto y agregó: “La riqueza aparece cuando dialogan diferentes perspectivas de vida”.

La imperfección como punto de partida

A lo largo de la conversación apareció una idea de manera recurrente: la imperfección.

Lejos de promover una visión idealizada del ser humano, ambos reconocieron que crecer implica aceptar que venimos con contradicciones, que cometemos errores y que también tenemos límites.

“Mucho del desarrollo humano se da a partir de ese momento en que me reconozco vulnerable y como un proyecto inacabado”, dijo Pepe con una mirada tranquila y confiada. Alberto conectó con ese hilo de pensamiento y mostrando una mirada cómplice a su amigo, dijo: “Ahí está el inicio de todo, el poder compartir el ser humano con alguien más y reconocernos en una comunidad en la que nadie es perfecto. Sería aburridísimo. El decir que soy perfecto quiere decir que no hay nada por delante, y entonces se acabó la vida. Es prácticamente estar muerto”.

Esa forma de ver la vida también transforma la manera de estar con los demás. Para Alberto y Pepe, este trabajo no consiste en dirigir o «arreglar» a nadie, sino en acompañar procesos profundamente humanos. Ser un promotor del desarrollo humano implica caminar junto al otro en su proceso para ser más consciente de sí mismo, más humano y, sobre todo, más capaz de reconocer sus fortalezas y sus vulnerabilidades. Para ambos, buena parte del trabajo de esta disciplina consiste en aceptar que somos procesos abiertos. Personas que cambian, que se equivocan, que avanzan y retroceden.

En una cultura que constantemente nos pide ser los mejores, producir más, tener más y alcanzar una versión ideal de nosotros mismos, escuchar que nunca estaremos terminados resulta incómodo, pero también es liberador.

José “Pepe” Gómez del Campo y Alberto Segrera Miranda durante la entrevista.

El posgrado que apuesta por hacer comunidad

Si algo distingue a la Maestría en Desarrollo Humano del ITESO es su énfasis en la dimensión social, ya que la mirada y el trabajo no se limitan al crecimiento individual. Existe una preocupación constante por la comunidad, las relaciones y la reconstrucción del tejido social.

La distinción se vuelve más relevante en una época marcada por el individualismo. Mientras abundan los mensajes centrados en el éxito personal, el máximo rendimiento y la superación individual, ambos nos recordaron que ninguna persona existe aislada de las demás.

“No puedo ser completamente feliz si no estoy en un mundo justo, pacífico y no violento”, señaló Pepe. Entonces la afirmación desplazó la conversación hacia una pregunta más amplia: ¿qué responsabilidad tenemos frente a otras personas?

No hay respuestas simples. Tampoco recetas. Pero sí una convicción compartida, reconocer que más allá de nuestras diferencias compartimos algo fundamental: nuestra condición humana. Para el desarrollo humano, ese reconocimiento es un punto de partida para relacionarnos de otra manera, fortalecer los vínculos que nos unen y construir entornos más colaborativos y conscientes.

Una esperanza que exige trabajo

Quizá una de las ideas más interesantes de la conversación fue que el desarrollo humano no promete soluciones fáciles ni recetas mágicas. “No hay magia”, aclaró Alberto.

Lo que sí hay es trabajo, esfuerzo, conciencia y, sobre todo, hay esperanza. No es una esperanza ingenua que niega los problemas o las dificultades, sino una que se construye todos los días a través de las relaciones que establecemos con otras personas.

¿Cuál es nuestra tarea? No renunciar a los ideales. Atreverse a cuestionar lo establecido y mantener viva la capacidad de imaginar formas distintas de relacionarnos y de construir comunidad.

Hoy, después de 50 años, esa sigue siendo la apuesta central del desarrollo humano: reconocer que nadie se construye en soledad. Nuestra vida cobra sentido en el encuentro con otras personas, en los vínculos que formamos y en las comunidades que ayudamos a construir. Quizá por eso, más que una meta, el desarrollo humano es un camino que nunca termina, y que confirma lo que dijo Alberto: nos vamos a morir inacabados… y ahí está nuestra oportunidad.

Sobre la autora

Lesly Daniela Avilés Padilla es egresada de Ciencias de la Comunicación y maestra en Desarrollo Humano por el ITESO. Se especializa en comunicación estratégica en sectores corporativos y académicos, imparte talleres de crecimiento personal y organiza círculos de escucha para mujeres.